lunes, 1 de septiembre de 2014

Manija se nace

No  hay mejor lugar que un colectivo para pensar en las vacaciones... Hoy recordé las mías mientras viajaba en el 65, y éste es el registro pictórico: pintadas y carteles de las calles chilenas. Los "principio de mes", el incipiente calor y el saber que cada vez nos aproximamos más y más al verano (aunque todavía estemos lejos), me llenan de una vitalidad absurda e irracional. Esto, a su vez, me genera un sentimiento inexplicablemente esperanzador en materia de cambios de varios -o casi todos- los aspectos de mi vida y el mundo en general. Así que, aprovecho este arrebato de energía -que en dos o tres día se convertirá en la paja de siempre- para barajar posibles destinos vacacionales del 2015, muy a pesar de los cuatro o cinco meses que nos separan del receso de verano.









martes, 26 de agosto de 2014

Un día, hace unos años, fui a donar sangre. Llené el formulario, un médico me pesó, me midió y me pinchó un dedo con una aguja muy chiquita. Después de eso, entré a la sala, firmé la bolsa de donante y me acosté en la cama donde me conectaron a la máquina. Estaba tranquila y todo venía saliendo bien.
La extracción fue un éxito.
Del lugar no podes irte sin desayunar, es casi una obligación, ya que uno llega en ayunas y se va con 1/4 lt de sangre menos. Así que me senté en una mesa del "bar" que había en el lugar y me tomé un café con leche con medialunas. Estaba charlando con mi mamá, que me acompañaba en ese momento, y de repente dejé de hablar. Hoy, recordando esto, pienso que me hubiese gustado que alguien registre mi cara en ese momento de desconexión con la realidad. Las imágenes del café con leche, las medialunas y mi mamá enfrente mío, se empezaron a mezclar con la cara y la voz de mi amiga Pepi. Yo la veía, como en un sueño, riéndose y diciéndome cosas que yo no podía entender; y le respondía, pero era como si ella tampoco pudiese entender lo que yo decía, entonces nos reíamos. Nos reíamos mucho.
Después de eso, vino algo -la definición es imprecisa- que es una suerte de suspensión en el espacio; la experiencia material más cercana a eso podría ser "hacer la plancha" en el agua. Es el ejemplo más concreto para que puedan imaginárselo, pero no es igual; el momento tiene un dejo de inexplicable.
Hoy, me acuerdo de ese momento inconsciente de risas, y pienso: "ojalá morirse sea algo parecido a esto".

miércoles, 28 de mayo de 2014

"Como el tiempo todo lo borra y hace que todo se olvide, démonos prisa, cariño, démonos prisa para hacernos daño y para hacernos todo lo bonito que no nos hemos atrevido a hacer sobre nadie."

Rodrigo García



Hace mucho que no escribo acá... Porque no tuve qué escribir, porque estuve ocupada con otras cosas, porque en el fondo creo que la escritura no es lo mío, porque estuve pensando.
Qué rápido pasó el tiempo. Rápido, casi sin darnos cuenta, se fue la primer mitad de otro año. Con esto no busco reflexionar ni llegar a una conclusión magistral sobre cómo vivimos, yendo de acá para allá, sino decir que el tiempo pasa... y hay que estar a la altura, y tomar las decisiones que uno cree que tiene que tomar... 
Y después el tiempo dirá. 

martes, 8 de abril de 2014


"No seremos nunca la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar  que sólo en la aritmética
el dos nace de la suma de uno más uno."

jueves, 3 de abril de 2014

Recuerdos de la Isla

Acabo de terminar un libro. No es cualquier libro. No es prestado ni regalado ni es de la facultad.
Lo compré después de mi paso por Isla Negra. Como para muchísimas otras cosas, Wikipedia y Google Maps no alcanzan para definir la belleza y la historia de ese lugar.
Corre por cuenta del lector la búsqueda de información sobre el sitio y lo que hay allí, dado que mis habilidades como guía turística dejan bastante que desear.
Volviendo al libro: mitad autobiográfico, mitad hoja de ruta, me trae las imágenes y sensaciones más placenteras de ese mar que se ve detrás de los grandes ventanales de la casa en la Isla; y es como si pudiera estar ahí a cada renglón que leo.
A Isla Negra llegué por mi amiga Jose, que la visitó catorce años antes que yo y, con justa razón, nunca se olvidó de todo lo que había visto. Cuando el viaje a Chile empezó a tomar forma, una de las primeras cosas que decidimos fue que Isla Negra sería un destino impostergable. Ya estaba advertida de la belleza a la que me iba a enfrentar, pero nunca me imaginé que iba a emocionarme tanto.
Es la casa de la playa que todos soñamos. Pero el amor y la pasión por el mar de su dueño, para mí, es lo que la hace única. Todo lo que hay ahí tiene relación de una u otra manera con la vida marina; desde la arquitectura hasta la decoración. Todo está pensado para que la fuerza del mar invada cada ambiente de la casa. Yo me sentí contagiada por el cariño de ese hombre a esa tierra y esa casa. Su incansable interés por el mar despertó una especie de identificación en mí. Me acuerdo que esa noche le mandé un mail a mi mamá para contarle lo que había visto y, si bien fui muy ilustrativa en algunos aspectos, no pude describirle con exactitud -mucho menos con claridad- cuánto me había conmovido esa visita a la Isla.
Por eso, varias semanas después y estando en costas argentinas, compré el libro. No sabía exactamente qué me iba a encontrar en sus páginas, y debo reconocer que mis expectativas no eran -lo que podría decirse- "generosas". Por suerte para mí, hay varios capítulos y anécdotas dedicadas a Isla Negra. De todo, sin dudas es lo que más disfruté.
Hoy ese libro llegó a su fin y ya está durmiendo en la biblioteca con otros que han corrido su misma suerte; esperando a que un día -probablemente cuando el recuerdo de la casa de la Isla esté un poco nublado en mi mente- lo vuelva a abrir para recorrer sus pasillos desde el asiento del colectivo o el sillón de casa, con la misma alegría que los recorrí mirando el mar.

viernes, 7 de marzo de 2014

Una profesora que tuve en el CBC subió un texto a Facebook, que una compañera mía compartió en su "muro" y que yo, a su vez, quiero compartir también.

No.
No es no, y hay una sola manera de decirlo.
No.
Sin admiración, ni interrogantes, ni puntos suspensivos.
No, se dice de una sola manera.
Es corto, rápido, monocorde, sobrio y escueto.
No.
Se dice una sola vez,
No.
Con la misma entonación,
No.
Como un disco rayado,
No.
Un No que necesita de una larga caminata o una reflexión en el jardín no es No.
Un No que necesita de explicaciones y justificaciones,
no es No.
No, tiene la brevedad de un segundo.
Es un No, para el otro porque ya lo fue para uno mismo.
No es No, aquí y muy lejos de aquí.
No, no me deja puertas abiertas ni entrampa con esperanzas,
ni puede dejar de ser No, aunque el otro y el mundo
se pongan patas arriba.
No, es el último acto de dignidad.
No, es el fin de un libro, sin más capítulos ni segundas partes.
No, no se dice por carta, ni se dice con silencios,
ni en voz baja, ni gritando, ni con la cabeza gacha,
ni mirando hacia otro lado, ni con símbolos devueltos;
ni con pena y menos aún con satisfacción.
No es No, porque no.
Cuando el No es No, se mirará a los ojos y el No se descolgará
naturalmente de los labios.
La voz del No, no es tremula, ni vacilante, ni agresiva y no deja duda alguna.
Ese No, no es una negación del pasado, es una corrección del futuro.
Y sólo quien sabe decir No puede decir Sí.

- Hugo Finkelstein


Corto, conciso, casi minucioso.
Una palabra tan sencilla para el habla y tan dura para los oídos. La escuchamos desde que somos chicos, y cómo nos cuesta hacernos amigos y que ésta salga o entre sin miedo en nosotros. ¡Qué chiquita y cuánto poder tiene!

viernes, 7 de febrero de 2014

Verano

Hace un mes que vivo en otro lugar, lejos de Buenos Aires. Llegué a tierras porteñas y lo que recibí de bienvenida fue una tormenta que sólo me dio ganas de quedarme en la cama todo el día.
En treinta días, vi el sol salir y ponerse sobre el mar. Metí los pies en dos océanos diferentes. Viví en cuatro ciudades distintas, en un mismo país; viajé en avión, en micro y en subte; compartí habitación con aproximadamente cien personas, que llegaron y se fueron antes y después que yo.
Ahora vuelvo al mar... Al nuestro, que es mucho más lindo y amigable -no porque sea nuestro- que el que tenemos del otro lado.
En un mes, armé la valija dos o tres veces. Ésta, probablemente, sea la última. La próxima vez que la desarme, seguramente sea para quedarme en tierra firme hasta el próximo verano.
Me vuelvo a despedir...
Hasta el mes que viene.

Nota mental

El amor puede estar a la vuelta de la esquina... yéndose con otro.