Un día, hace unos años, fui a donar sangre. Llené el formulario, un médico me pesó, me midió y me pinchó un dedo con una aguja muy chiquita. Después de eso, entré a la sala, firmé la bolsa de donante y me acosté en la cama donde me conectaron a la máquina. Estaba tranquila y todo venía saliendo bien.
La extracción fue un éxito.
Del lugar no podes irte sin desayunar, es casi una obligación, ya que uno llega en ayunas y se va con 1/4 lt de sangre menos. Así que me senté en una mesa del "bar" que había en el lugar y me tomé un café con leche con medialunas. Estaba charlando con mi mamá, que me acompañaba en ese momento, y de repente dejé de hablar. Hoy, recordando esto, pienso que me hubiese gustado que alguien registre mi cara en ese momento de desconexión con la realidad. Las imágenes del café con leche, las medialunas y mi mamá enfrente mío, se empezaron a mezclar con la cara y la voz de mi amiga Pepi. Yo la veía, como en un sueño, riéndose y diciéndome cosas que yo no podía entender; y le respondía, pero era como si ella tampoco pudiese entender lo que yo decía, entonces nos reíamos. Nos reíamos mucho.
Después de eso, vino algo -la definición es imprecisa- que es una suerte de suspensión en el espacio; la experiencia material más cercana a eso podría ser "hacer la plancha" en el agua. Es el ejemplo más concreto para que puedan imaginárselo, pero no es igual; el momento tiene un dejo de inexplicable.
Hoy, me acuerdo de ese momento inconsciente de risas, y pienso: "ojalá morirse sea algo parecido a esto".