El día que te sale un grano no es un día cualquiera. No es ayer porque ayer el grano no existía, y no es mañana porque mañana el grano va a ser más grande (se puede fantasear con que mañana el grano no esté, pero sería contribuir a una eficaz desilusión).
El grano es un problema, sin dudas, y alrededor de él hay innumerables mitos, tanto sobre su aparición como de su cura. De todos ellos, muchísimos -casi todos- son de dudosa procedencia.
Lo más maravilloso de un grano, para mí, es el carácter dramático que tiene. Causa ternura pensar cómo sus dimensiones, realmente insignificantes en relación a la escala humana, pueden modificar por completo un día, una semana, un estado de ánimo y por lo tanto una forma de ver el mundo. Qué tierno y qué hijo de puta.
Es de lo más sorpresivo: adopta formas, tamaños y colores que uno jamás imaginó. El deseo de eliminarlo es permanente y para esto también recurriremos, tal vez, a técnicas impensadas.
La aparición del grano es siempre fatal. Implica un disgusto y una torpeza inevitable que, generalmente, es el factor principal por el cual el grano lejos de desaparecer, crece más y más.
Desde mi hogar, donde supo nacer este cuaderno borrador, digo que un grano es lo más parecido a abrir los ojos a la mañana, sacar los pies de la cama, vestirse y salir a la calle; por no decir que es lo mismo. (¿Pensaron que iba a decir algo revelador, no? No sean boludos, era obvio que no).
Hablar de rutina, de adversidades cotidianas, de lo mucho que te cuesta levantarte a la mañana, de las pocas ganas que tenes de ir a la facultad o a trabajar, me parece que ya no tiene sentido. Temas sobre los que se escribió y se habló hasta el cansancio desde hace mucho tiempo. Sí me parece atinado decir que es necesario y justo celebrar el control y el dominio del grano en cuestión (lector: usted puede llamar al grano como más le guste; yo lo llamo "Grano" para que usted lo nombre en voz alta o lo dibuje según sus preferencias y su imaginación); y más aún si se logra detener la reproducción del mismo -porque a veces no es uno solo, son muchos, y el grano ya no es un grano sino acné-.
El festejo no se debe a la desaparición de la protuberancia y al hecho de que ahora nos vemos mejor; en parte sí, pero hay algo más feliz e importante: supimos entender el proceso del grano, lo esperamos y después ¡zas! lo desterramos. Nos despedimos de él con alivio, porque sólo nos arruinó un par de fotos y nada más.
No obstante, querido lector, festeje con prudencia porque un grano se va para dar paso al siguiente. La batalla contra los granos está lejos de terminarse -si es que algún día termina-.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
martes, 17 de septiembre de 2013
viernes, 6 de septiembre de 2013
Hallazgo II
Hoy fui al club a visitar a mis compañeros de natación, para que vean que aún vivo, y para llevar el certificado de mi alta médico, que dice que dentro de dos semanas puedo volver a chapotear. Un reencuentro inesperado, no porque me extrañan sino porque nadie sabía a qué se debía mi ausencia. Hasta hoy, mi memoria había borrado el registro de la temperatura que hay fuera del agua en ese lugar... Realmente sofocante; por lo que me vi obligada a contar las desventuras que sufrimos mi mano y yo lo más rápido posible.
Reconozco que estos reencuentros me cargan de una emoción particular, entre nudos en la panza y alegría. Del club me fui contenta, sabiendo que pronto podría volver.
Caminé hasta la avenida para volver a casa, escuchando y cantando IKV, y como tenía tiempo de sobra entré a un mal llamado "Todo por $2" (mal llamado porque ya no existe más comprar por $2, salvo que compres caramelos o chicles en un kiosko).
-Los pinceles marca Tigre son muy conocidos y frecuentados por los estudiantes o aficionados del arte. Son de muy buena calidad y salen la mitad que los pinceles de primeras marcas. Generalmente, vienen en paquetes de seis u ocho unidades; a veces de distinto número, o no.
La última vez que conseguí estos pinceles fue en marzo, en un bazar chino del centro, en Corrientes y Callao.-
Entré al bazar con menos expectativas que las que tuve cuando entré ayer a la librería. A la derecha del pasillo, estaban todos los pinceles Tigre colgados en sus paquetitos. Había tanta variedad que no sabía cuál elegir. Estuve casi veinte minutos mirándolos hasta que me decidí y agarré dos paquetes, fui a la caja, pagué, subí aún más el volumen de IKV y me fui.
Llegué a mi casa emocionadísima.
Dos grandes hallazgos seguidos, ambos impensados.
Caballito: gracias, otra vez.
jueves, 5 de septiembre de 2013
Hallazgo
Hay una librería acá a la vuelta de mi casa que es lo mejor. Mejor incluso que las grandes cadenas de librerías artísticas. Una vez más me pregunto por qué me empeño en seguir acudiendo a los capos de los productos artísticos, si esta humilde librería lo tiene todo.
Una vez tuve que comprar UHU... El pomo grande, el de 125 ml. No la barrita ni el pomo chico ni el spray ni Voligoma. UHU. De 125 ml. Ningún comercio del rubro lo tenía; ellos sí.
Son las 19:46 y hace un rato, cuando me acordé que tenía que comprar una filmina (o acetato o papel de radiografía, como quieran decirle) para la clase de dibujo de mañana, eran las 19:00. En joggineta y buzo, me fui a la súper librería a asegurarme la compra. Cuando la librería es un local muy amplio y luminoso, uno automáticamente tiende a creer que va a encontrar todo lo que busca. Después se da cuenta que algunas librerías son grandes al pedo, o que lo que uno busca no es tan cotidiano como cree.
La librería no tenía la filmina que yo necesitaba, entonces tuve que decidir: me voy a la otra súper librería que me queda a seis cuadras y tardo media hora más, o me voy a casa y mañana no llevo nada. Casi cuando estaba por inclinarme por la segunda opción, me acordé de esta librería que está justo enfrente de la grosa. Es un local chiquito, pasa desapercibido entre una casa de ropa para niños y un kiosko. Entré igual de desesperanzada que la última vez... La vez del UHU.
Mi diálogo con la vendedora fue breve; le pedí lo que quería y me contestó que sí, que tenía en 50x70cm (¡encima el tamaño más grande que existe en ese tipo de papel!). En ese momento casi salto el mostrador para abrazarla; la mina me salvó la clase de mañana. Mientras esperaba que me trajera el rollo del fondo, me puse a mirar la cantidad de productos que tenía en las estantería de la pared. Como es costumbre, miré los pinceles... Los exhibidores generalmente tienen los pinceles ordenados por tipo de pelo, número y forma; pero siempre hay una excepción y era ésta. Del desorden, asomaban unos pinceles largos, de pelo blanco, redondos, bien rústicos, que busqué durante meses por un montón de comercios y barrios para pintar un trabajo de la facultad.
Cuando la chica llegó con el rollo de filmina, le pedí que me los mostrara. No sólo tenía en mis manos el pincel que venía buscando hace tiempo, también tenía variedad de números para elegir. No podía creerlo, posta. Obviamente, me fui con la filmina y con el pincel, y a la vendedora le dije: "Mañana vengo y me llevo los otros dos". Una vez más, confirmo la lealtad de esta pequeña-gran librería, y me declaro su cliente-fan número uno.
La emoción me invadió a tal punto que cuando volvía caminando a mi casa, pensé en mandarle un mail a Carlos, mi profesor, para contarle lo que había pasado, que había conseguido el pincel (casi un mes o dos después de que lo pidiera).
No puedo parar de mirarlo... Lo puse en la lata con los demás pinceles, pero mide unos cuantos centímetros más que el resto y sobresale considerablemente; lo veo y pienso: "¡Gran hallazgo!".
Gracias Caballito.
jueves, 11 de julio de 2013
martes, 14 de mayo de 2013
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Nota mental
El amor puede estar a la vuelta de la esquina... yéndose con otro.
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