miércoles, 25 de septiembre de 2013

El día que te sale un grano

El día que te sale un grano no es un día cualquiera. No es ayer porque ayer el grano no existía, y no es mañana porque mañana el grano va a ser más grande (se puede fantasear con que mañana el grano no esté, pero sería contribuir a una eficaz desilusión).
El grano es un problema, sin dudas, y alrededor de él hay innumerables mitos, tanto sobre su aparición como de su cura. De todos ellos, muchísimos -casi todos- son de dudosa procedencia.
Lo más maravilloso de un grano, para mí, es el carácter dramático que tiene. Causa ternura pensar cómo sus dimensiones, realmente insignificantes en relación a la escala humana, pueden modificar por completo un día, una semana, un estado de ánimo y por lo tanto una forma de ver el mundo. Qué tierno y qué hijo de puta.
Es de lo más sorpresivo: adopta formas, tamaños y colores que uno jamás imaginó. El deseo de eliminarlo es permanente y para esto también recurriremos, tal vez, a técnicas impensadas.
La aparición del grano es siempre fatal. Implica un disgusto y una torpeza inevitable que, generalmente, es el factor principal por el cual el grano lejos de desaparecer, crece más y más.
Desde mi hogar, donde supo nacer este cuaderno borrador, digo que un grano es lo más parecido a abrir los ojos a la mañana, sacar los pies de la cama, vestirse y salir a la calle; por no decir que es lo mismo. (¿Pensaron que iba a decir algo revelador, no? No sean boludos, era obvio que no).
Hablar de rutina, de adversidades cotidianas, de lo mucho que te cuesta levantarte a la mañana, de las pocas ganas que tenes de ir a la facultad o a trabajar, me parece que ya no tiene sentido. Temas sobre los que se escribió y se habló hasta el cansancio desde hace mucho tiempo. Sí me parece atinado decir que es necesario y justo celebrar el control y el dominio del grano en cuestión (lector: usted puede llamar al grano como más le guste; yo lo llamo "Grano" para que usted lo nombre en voz alta o lo dibuje según sus preferencias y su imaginación); y más aún si se logra detener la reproducción del mismo -porque a veces no es uno solo, son muchos, y el grano ya no es un grano sino acné-.
El festejo no se debe a la desaparición de la protuberancia y al hecho de que ahora nos vemos mejor; en parte sí, pero hay algo más feliz e importante: supimos entender el proceso del grano, lo esperamos y después ¡zas! lo desterramos. Nos despedimos de él con alivio, porque sólo nos arruinó un par de fotos y nada más.
No obstante, querido lector, festeje con prudencia porque un grano se va para dar paso al siguiente. La batalla contra los granos está lejos de terminarse -si es que algún día termina-.

2 comentarios:

  1. Excelente. Pero pienso que la lucha contra el acné nos perpetúa en un constante estadío de juventud. El día que esta batalla se gane, abrirán paso unas nuevas -y muy putas- contrincantes: las arrugas. Y ahí, ahí te quiero ver. Lidiando contra la inminencia de la vejez, y de su fiel cónyuge, la parca.

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  2. Yo creo que de grande voy a ser arruga friendly. Hay que amigarse con ellas, hacerlas sentir cómodas, como en casa. Siempre fueron atacadas injustamente por el deseo minitah de querer ser joven para siempre. Nada más nostálgico que esa necesidad de recuperar la juventud perdida, devaluando por completo la frescura del sentirse joven.
    Siempre pienso en las personas que se dedican a crear cremas "anti age", tinturas para pelo más duraderas, maquillajes que te dejan la piel de porcelana; y en las personas que consumen estos productos... Años y años investigando e invirtiendo dinero en este asunto, para terminar como terminaremos todos: muertos.

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Nota mental

El amor puede estar a la vuelta de la esquina... yéndose con otro.