Hay una librería acá a la vuelta de mi casa que es lo mejor. Mejor incluso que las grandes cadenas de librerías artísticas. Una vez más me pregunto por qué me empeño en seguir acudiendo a los capos de los productos artísticos, si esta humilde librería lo tiene todo.
Una vez tuve que comprar UHU... El pomo grande, el de 125 ml. No la barrita ni el pomo chico ni el spray ni Voligoma. UHU. De 125 ml. Ningún comercio del rubro lo tenía; ellos sí.
Son las 19:46 y hace un rato, cuando me acordé que tenía que comprar una filmina (o acetato o papel de radiografía, como quieran decirle) para la clase de dibujo de mañana, eran las 19:00. En joggineta y buzo, me fui a la súper librería a asegurarme la compra. Cuando la librería es un local muy amplio y luminoso, uno automáticamente tiende a creer que va a encontrar todo lo que busca. Después se da cuenta que algunas librerías son grandes al pedo, o que lo que uno busca no es tan cotidiano como cree.
La librería no tenía la filmina que yo necesitaba, entonces tuve que decidir: me voy a la otra súper librería que me queda a seis cuadras y tardo media hora más, o me voy a casa y mañana no llevo nada. Casi cuando estaba por inclinarme por la segunda opción, me acordé de esta librería que está justo enfrente de la grosa. Es un local chiquito, pasa desapercibido entre una casa de ropa para niños y un kiosko. Entré igual de desesperanzada que la última vez... La vez del UHU.
Mi diálogo con la vendedora fue breve; le pedí lo que quería y me contestó que sí, que tenía en 50x70cm (¡encima el tamaño más grande que existe en ese tipo de papel!). En ese momento casi salto el mostrador para abrazarla; la mina me salvó la clase de mañana. Mientras esperaba que me trajera el rollo del fondo, me puse a mirar la cantidad de productos que tenía en las estantería de la pared. Como es costumbre, miré los pinceles... Los exhibidores generalmente tienen los pinceles ordenados por tipo de pelo, número y forma; pero siempre hay una excepción y era ésta. Del desorden, asomaban unos pinceles largos, de pelo blanco, redondos, bien rústicos, que busqué durante meses por un montón de comercios y barrios para pintar un trabajo de la facultad.
Cuando la chica llegó con el rollo de filmina, le pedí que me los mostrara. No sólo tenía en mis manos el pincel que venía buscando hace tiempo, también tenía variedad de números para elegir. No podía creerlo, posta. Obviamente, me fui con la filmina y con el pincel, y a la vendedora le dije: "Mañana vengo y me llevo los otros dos". Una vez más, confirmo la lealtad de esta pequeña-gran librería, y me declaro su cliente-fan número uno.
La emoción me invadió a tal punto que cuando volvía caminando a mi casa, pensé en mandarle un mail a Carlos, mi profesor, para contarle lo que había pasado, que había conseguido el pincel (casi un mes o dos después de que lo pidiera).
No puedo parar de mirarlo... Lo puse en la lata con los demás pinceles, pero mide unos cuantos centímetros más que el resto y sobresale considerablemente; lo veo y pienso: "¡Gran hallazgo!".
Gracias Caballito.