miércoles, 20 de noviembre de 2013

Ctrl Z

Vengo a reivindicar el arrepentimiento. No quiero escuchar que alguien me diga "De los errores se aprende", porque bien que cuando se mandan un cagadón se olvidan del aprendizaje y sólo piensan en cómo hacer para revertirlo, y si no tiene vuelta atrás, lloran una semana seguida. 
Hay algo que no entiendo: si hiciste algo mal y te arrepentís, sos una gran persona porque entraste en razón y te diste cuenta que heriste los sentimientos de otro, entonces el arrepentimiento es el motor del perdón, y el perdón está bien visto. Ahora bien, si actuaste de buena fe y te arrepentís, sos un hijo de puta, y no va a faltar la persona que cuestione tu moral  y ponga en duda todas tus cualidades positivas. Doy por descontado que sos igual o más hijo de puta si hiciste algo malo y no te arrepentís. En ese caso, tampoco va a faltar la persona que arme una petición en Change.org para que no te dejen transitar por la vía pública. 
¿Por qué no me puedo arrepentir de haber hecho las cosas bien? En realidad puedo, porque creo que no está mal. Yo me arrepiento de haber confiado; primero porque defraudaron mi confianza y segundo, porque contradije lo que siempre aconsejo: la mesura.
Creo que está bien, y es necesario, arrepentirse de no haber pensado más en uno. Y "pensar en uno" es de lo más egoísta, pero en el fondo te das cuenta que el mundo te lo exige porque funciona así. Es una lástima y hasta un poco injusto, pero ni te gastes en preguntar por qué es de esta manera, porque no hay respuestas.
A los que creen que equivocarse está buenísimo, les digo que nadie quiere estar equivocado y nadie quiere perder. No sean conformistas y no se hagan los superados. Cometer errores, para el que sabe capitalizarlos, es una gran experiencia, pero no seamos ingenuos en pensar que eso es lindo porque es una cagada. No creo que digan "¡Qué lindo es equivocarse!" cuando los garcan de arriba de un puente.
Además... arrepentirse es un alivio, posta. Pruébenlo. Para mí, hasta te reivindica como persona. Pensalo así: vos te preocupas por los demás, sos una buena persona, confías en que ellos no van a hacer nada para lastimarte... y te cagan. Entonces, ¿qué haces? ¿lloras? Puede ser, pero no te podes quedar en el llanto; también ayuda que digas "Confié y me defraudaron. No se merecen más mi confianza", y eso es un alivio. Y te sentís grosa porque ya sabes cuál es el camino: no confiar. 
Pero no todo es color de rosa... Si ya te diste cuenta que no confiar, o confiar menos, es la solución, mantenete firme. Porque en la praxis, no todo es tan sencillo. Sobre todo por el engatusamiento que se sufre, que te hace tomar cualquier camino menos el que tenías que tomar. Así que, ¡ojo al piojo!

jueves, 24 de octubre de 2013

Sacarse un moco frente a la computadora

Qué interesante todo lo que pasa en nosotros cuando nos vemos ante la necesidad o deseo de sacarnos un moco, en privado o en público, y no podemos. 
Rodeados de otras personas probablemente lo más lógico, y casi inmediato, es reprimir ese deseo -aunque algunas personas han desarrollado técnicas para ejecutar la extracción con un notable disimulo, y hasta elegancia-. Pero cuando estamos solos... Ahí empiezan las preguntas y las dudas. Creo que uno se da cuenta de cuán moral, o inmoral, puede ser gracias a los mocos. 
La situación se vuelve grandiosa, y hasta podría perder un poco de su asquerosidad, cuando nos encontramos frente a una computadora y el moco nos pide salir. 
Seguimos estando solos, pero de alguna manera la computadora está ahí mirándonos... No conoce lo que tenemos ganas de hacer, pero nosotros creemos que en fondo, lo intuye. 
La computadora es tu moral, tu conciencia. Está ahí y te vigila. Vos te sentís intimidado; te querés sacar un moco en paz y no podés. Porque no te dejan. No te deja la computadora, no te deja Facebook, no te deja la pestaña de la conversación del chat. 
Ni hablar cuando la computadora es una notebook, o alguna de esas modernas "all in one", que vienen con la webcam incorporada. Nuestra mente, a lo largo de la vida, hizo un registro de entidades y escenas -gracias a la industria cinematográfica- que ahora supone detrás de la cámara: la policía, el FBI, el grupo Swat, un violador, un asesino, la central de un canal de televisión que está grabando todo lo que haces, tipo Trueman Show. Por lo general, uno imagina a todas estas personas juntas, reunidas en una oficina donde no pueden faltar, de ninguna manera, computadoras y teléfonos sonando -si suenan varios al mismo tiempo, mejor-.
La realidad es que todo esto es absurdo, pero sucede: conocí una chica, con la que fuimos compañeras de facultad, que tenía tapada la webcam de su notebook con un cartón y cinta scotch porque "se sentía observada". En ese momento me pareció ridículo, pero después me di cuenta que a esta chica le había pasado algo genial. Se encontró con un temor y lo tapó con cartón y cinta; ella solucionó, y hasta se olvidó del problema. A mí me gusta pensar que sigue usando su computadora pensando en todo "lo que hay" del otro lado de la cámara que la está observando, y para sí se dice "Ustedes están de aquel lado, y yo de éste, y en el medio hay un cartón... ¿Se quieren matar, no? No me pueden ver. Puedo hacer lo que quiero y no me pueden ver". Pero la usa con el mismo temor de antes, porque sabe que todos están ahí, esperando a que la cinta se seque y el cartón se caiga, así pueden volver a verla.
Sacarse un moco frente a la computadora es enfrentarte con lo que vos pensás de vos mismo. Si nadie te está viendo, ¿por qué no te sacas un moco? Si te molesta, no podes respirar, ¡sacatelo! No te lo sacas porque en el fondo sabes que es un asco, o porque te acordás que serías un condenado social si otro te viera hacerlo. 
De alguna manera, le echás la culpa a la computadora... porque te conviene. Porque esa "vigilancia" te intimida, vos no te sacás el moco y entonces, ahora, sos un poco menos desagradable; y porque además zafás de hacerte cargo del miedo que le tenés al ojo ajeno y al tuyo propio.  


miércoles, 2 de octubre de 2013

Encuentro I

Hoy me tomé el 53 en Boedo, para volver a Caballito, y me encontré con un compañero de natación. Lo saludé rápido al pasar, a pesar de que el colectivo no estaba completamente lleno, y mi compañero se me quedó mirando. Me di cuenta que no me reconocía...  No tardó en llegar la pregunta: "¿De dónde nos conocemos?". 
Fue un momento realmente bueno. Los dos nos reímos: yo porque creí haberla pifiado como la mejor, aunque estaba muy segura que era él, y él porque suponía lo que después confirmaríamos.
"¿Vos no sos...?", "Soy el hermano", me dijo. "Mellizo", agregó después de unos segundos. Nos volvimos a reír, pero el que más se rió fue el amigo que lo acompañaba que vio todo esto desde afuera. 
Me acuerdo de mi cara y de mi confusión y, todavía, me río. Nunca me había pasado. 
Cuando me bajé del colectivo, ellos se bajaron atrás. Los saludé y empecé a caminar... "Justo estoy hablando con él; te manda un beso". 


miércoles, 25 de septiembre de 2013

El día que te sale un grano

El día que te sale un grano no es un día cualquiera. No es ayer porque ayer el grano no existía, y no es mañana porque mañana el grano va a ser más grande (se puede fantasear con que mañana el grano no esté, pero sería contribuir a una eficaz desilusión).
El grano es un problema, sin dudas, y alrededor de él hay innumerables mitos, tanto sobre su aparición como de su cura. De todos ellos, muchísimos -casi todos- son de dudosa procedencia.
Lo más maravilloso de un grano, para mí, es el carácter dramático que tiene. Causa ternura pensar cómo sus dimensiones, realmente insignificantes en relación a la escala humana, pueden modificar por completo un día, una semana, un estado de ánimo y por lo tanto una forma de ver el mundo. Qué tierno y qué hijo de puta.
Es de lo más sorpresivo: adopta formas, tamaños y colores que uno jamás imaginó. El deseo de eliminarlo es permanente y para esto también recurriremos, tal vez, a técnicas impensadas.
La aparición del grano es siempre fatal. Implica un disgusto y una torpeza inevitable que, generalmente, es el factor principal por el cual el grano lejos de desaparecer, crece más y más.
Desde mi hogar, donde supo nacer este cuaderno borrador, digo que un grano es lo más parecido a abrir los ojos a la mañana, sacar los pies de la cama, vestirse y salir a la calle; por no decir que es lo mismo. (¿Pensaron que iba a decir algo revelador, no? No sean boludos, era obvio que no).
Hablar de rutina, de adversidades cotidianas, de lo mucho que te cuesta levantarte a la mañana, de las pocas ganas que tenes de ir a la facultad o a trabajar, me parece que ya no tiene sentido. Temas sobre los que se escribió y se habló hasta el cansancio desde hace mucho tiempo. Sí me parece atinado decir que es necesario y justo celebrar el control y el dominio del grano en cuestión (lector: usted puede llamar al grano como más le guste; yo lo llamo "Grano" para que usted lo nombre en voz alta o lo dibuje según sus preferencias y su imaginación); y más aún si se logra detener la reproducción del mismo -porque a veces no es uno solo, son muchos, y el grano ya no es un grano sino acné-.
El festejo no se debe a la desaparición de la protuberancia y al hecho de que ahora nos vemos mejor; en parte sí, pero hay algo más feliz e importante: supimos entender el proceso del grano, lo esperamos y después ¡zas! lo desterramos. Nos despedimos de él con alivio, porque sólo nos arruinó un par de fotos y nada más.
No obstante, querido lector, festeje con prudencia porque un grano se va para dar paso al siguiente. La batalla contra los granos está lejos de terminarse -si es que algún día termina-.

martes, 17 de septiembre de 2013


"El encuentro de dos personalidades es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman."
 Carl G. Jung

viernes, 6 de septiembre de 2013

Hallazgo II

Hoy fui al club a visitar a mis compañeros de natación, para que vean que aún vivo, y para llevar el certificado de mi alta médico, que dice que dentro de dos semanas puedo volver a chapotear. Un reencuentro inesperado, no porque me extrañan sino porque nadie sabía a qué se debía mi ausencia. Hasta hoy, mi memoria había borrado el registro de la temperatura que hay fuera del agua en ese lugar... Realmente sofocante; por lo que me vi obligada a contar las desventuras que sufrimos mi mano y yo lo más rápido posible. 
Reconozco que estos reencuentros me cargan de una emoción particular, entre nudos en la panza y alegría. Del club me fui contenta, sabiendo que pronto podría volver.
Caminé hasta la avenida para volver a casa, escuchando y cantando IKV, y como tenía tiempo de sobra entré a un mal llamado "Todo por $2" (mal llamado porque ya no existe más comprar por $2, salvo que compres caramelos o chicles en un kiosko).
-Los pinceles marca Tigre son muy conocidos y frecuentados por los estudiantes o aficionados del arte. Son de muy buena calidad y salen la mitad que los pinceles de primeras marcas. Generalmente, vienen en paquetes de seis u ocho unidades; a veces de distinto número, o no. 
La última vez que conseguí estos pinceles fue en marzo, en un bazar chino del centro, en Corrientes y Callao.-
Entré al bazar con menos expectativas que las que tuve cuando entré ayer a la librería. A la derecha del pasillo, estaban todos los pinceles Tigre colgados en sus paquetitos. Había tanta variedad que no sabía cuál elegir. Estuve casi veinte minutos mirándolos hasta que me decidí y agarré dos paquetes, fui a la caja, pagué, subí aún más el volumen de IKV y me fui. 
Llegué a mi casa emocionadísima. 
Dos grandes hallazgos seguidos, ambos impensados.
Caballito: gracias, otra vez.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Hallazgo

Hay una librería acá a la vuelta de mi casa que es lo mejor. Mejor incluso que las grandes cadenas de librerías artísticas. Una vez más me pregunto por qué me empeño en seguir acudiendo a los capos de los productos artísticos, si esta humilde librería lo tiene todo.
Una vez tuve que comprar UHU... El pomo grande, el de 125 ml. No la barrita ni el pomo chico ni el spray ni Voligoma. UHU. De 125 ml. Ningún comercio del rubro lo tenía; ellos sí. 
Son las 19:46 y hace un rato, cuando me acordé que tenía que comprar una filmina (o acetato o papel de radiografía, como quieran decirle) para la clase de dibujo de mañana, eran las 19:00. En joggineta y buzo, me fui a la súper librería a asegurarme la compra. Cuando la librería es un local muy amplio y luminoso, uno automáticamente tiende a creer que va a encontrar todo lo que busca. Después se da cuenta que algunas librerías son grandes al pedo, o que lo que uno busca no es tan cotidiano como cree.
La librería no tenía la filmina que yo necesitaba, entonces tuve que decidir: me voy a la otra súper librería que me queda a seis cuadras y tardo media hora más, o me voy a casa y mañana no llevo nada. Casi cuando estaba por inclinarme por la segunda opción, me acordé de esta librería que está justo enfrente de la grosa. Es un local chiquito, pasa desapercibido entre una casa de ropa para niños y un kiosko. Entré igual de desesperanzada que la última vez... La vez del UHU.
Mi diálogo con la vendedora fue breve; le pedí lo que quería y me contestó que sí, que tenía en 50x70cm (¡encima el tamaño más grande que existe en ese tipo de papel!). En ese momento casi salto el mostrador para abrazarla; la mina me salvó la clase de mañana. Mientras esperaba que me trajera el rollo del fondo, me puse a mirar la cantidad de productos que tenía en las estantería de la pared. Como es costumbre, miré los pinceles... Los exhibidores generalmente tienen los pinceles ordenados por tipo de pelo, número y forma; pero siempre hay una excepción y era ésta. Del desorden, asomaban unos pinceles largos, de pelo blanco, redondos, bien rústicos, que busqué durante meses por un montón de comercios y barrios para pintar un trabajo de la facultad. 
Cuando la chica llegó con el rollo de filmina, le pedí que me los mostrara. No sólo tenía en mis manos el pincel que venía buscando hace tiempo, también tenía variedad de números para elegir. No podía creerlo, posta. Obviamente, me fui con la filmina y con el pincel, y a la vendedora le dije: "Mañana vengo y me llevo los otros dos". Una vez más, confirmo la lealtad de esta pequeña-gran librería, y me declaro su cliente-fan número uno.
La emoción me invadió a tal punto que cuando volvía caminando a mi casa, pensé en mandarle un mail a Carlos, mi profesor, para contarle lo que había pasado, que había conseguido el pincel (casi un mes o dos después de que lo pidiera).
No puedo parar de mirarlo... Lo puse en la lata con los demás pinceles, pero mide unos cuantos centímetros más que el resto y sobresale considerablemente; lo veo y pienso: "¡Gran hallazgo!".
Gracias Caballito.

Nota mental

El amor puede estar a la vuelta de la esquina... yéndose con otro.