viernes, 7 de febrero de 2014

Verano

Hace un mes que vivo en otro lugar, lejos de Buenos Aires. Llegué a tierras porteñas y lo que recibí de bienvenida fue una tormenta que sólo me dio ganas de quedarme en la cama todo el día.
En treinta días, vi el sol salir y ponerse sobre el mar. Metí los pies en dos océanos diferentes. Viví en cuatro ciudades distintas, en un mismo país; viajé en avión, en micro y en subte; compartí habitación con aproximadamente cien personas, que llegaron y se fueron antes y después que yo.
Ahora vuelvo al mar... Al nuestro, que es mucho más lindo y amigable -no porque sea nuestro- que el que tenemos del otro lado.
En un mes, armé la valija dos o tres veces. Ésta, probablemente, sea la última. La próxima vez que la desarme, seguramente sea para quedarme en tierra firme hasta el próximo verano.
Me vuelvo a despedir...
Hasta el mes que viene.

jueves, 26 de diciembre de 2013



Esta es una foto que sacó una amiga de mi mamá en la playa. El famoso "Loco del avión"; un tipo que durante unos días casi todas las tardes, casi siempre a la misma hora, sobrevuela la costa con su avión haciendo piruetas en el aire. La atracción dura unos pocos minutos, lo suficiente como para dejar a una buena parte de los bañistas mirando para arriba con cara de susto, como si el avión pudiese caer al mar. -Como poder, puede, de hecho siempre lo pensamos: "Mira si un día se cae..."-
Esta foto en mi casa, está en un cuadrito frente a mi cama. Es lo primero que veo cuando me levanto. Para mí, es una imagen hermosa. Es como volver un rato a la playa ni bien te despertás, desde la cama y en cualquier momento del año.
Ahora que estamos en plena época de cortes de luz, temperaturas que derriten el asfalto y la paciencia por debajo del índice de normalidad, reflotan las ganas de viajar y conocer lugares nuevos o volver a lugares conocidos.
Por mi parte, vuelvo a mi casa cerca del mar, después me alejo, cruzo la cordillera y vuelvo a acercarme a él. Voy a viajar en avión y a salir del país sola -"sola" léase como "sin mamá y papá"- por primera vez; algo que, salvando el viaje en avión, me genera de todo menos miedo.
Casi como una tradición, llego a fin de año queriendo terminarlo. No me produce melancolía, ni tristeza, ni tampoco creo que "lo mejor está por venir". Lo que está por venir no lo conocemos, y probablemente lo valoremos mucho después de que haya pasado, así que no me preocupa.
Sacarse un año de encima es un alivio. Y es necesario despedirse de él; si es con bronca, mejor. Despedirlo con bronca es como decir "No me vas a cagar de nuevo", y está bueno eso porque al año siguiente seguro te acordás de ese momento pero ya te mandaste la cagada y es tarde; ¡pero no importa! porque a fin de año tenes otra oportunidad para decir "Nunca más" y después ver si fracasas en el intento, o no.
Para ir cerrando, voy a hacer lo que se hace a fin de año: pedir deseos.
Este año tengo uno solo. Justicia.
Nada más.

Chau, chicos.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Cosaslindas

Lo lindo empieza temprano, tipo tres de la tarde, saliendo de un local de camping en Gascón y Bartolomé Mitre. Como el sol rajaba la tierra y el vientito era divino, decidí no tomar el colectivo y continuar mi recorrido caminando. Así caminé hasta Av. La Plata y Alberdi, y después hasta México y Quintino. Pedí prestado el barrio y lo caminé como dos horas...
Volví a mi casa, lista para un café con leche y un rato en el sillón para descansar antes de ir al club.
Lo más lindo de lo lindo llegó cuando, en el club, me metí en la pileta. A través del cerramiento, entraban los últimos rayos de sol del día. Nunca había visto la pileta así. Mejor dicho, nunca la había nadado así. Lo que se veía debajo del agua era hermoso, cinematográfico. Las burbujas de agua, los colores, nosotros; todo se veía más claro, como si la pileta estuviese al aire libre.
Como todo lo bueno, duró poco. El sol bajó rapidísimo y la pileta volvió a ser la de siempre, pero de alguna manera esa sensación de luz subacuática quedó en mí porque todavía la recuerdo y me alegro cuando pienso que supe disfrutarla.


Esta es una foto que habré sacado alguna vez de google, que
guardé y que me gusta pensar que soy yo.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Ctrl Z

Vengo a reivindicar el arrepentimiento. No quiero escuchar que alguien me diga "De los errores se aprende", porque bien que cuando se mandan un cagadón se olvidan del aprendizaje y sólo piensan en cómo hacer para revertirlo, y si no tiene vuelta atrás, lloran una semana seguida. 
Hay algo que no entiendo: si hiciste algo mal y te arrepentís, sos una gran persona porque entraste en razón y te diste cuenta que heriste los sentimientos de otro, entonces el arrepentimiento es el motor del perdón, y el perdón está bien visto. Ahora bien, si actuaste de buena fe y te arrepentís, sos un hijo de puta, y no va a faltar la persona que cuestione tu moral  y ponga en duda todas tus cualidades positivas. Doy por descontado que sos igual o más hijo de puta si hiciste algo malo y no te arrepentís. En ese caso, tampoco va a faltar la persona que arme una petición en Change.org para que no te dejen transitar por la vía pública. 
¿Por qué no me puedo arrepentir de haber hecho las cosas bien? En realidad puedo, porque creo que no está mal. Yo me arrepiento de haber confiado; primero porque defraudaron mi confianza y segundo, porque contradije lo que siempre aconsejo: la mesura.
Creo que está bien, y es necesario, arrepentirse de no haber pensado más en uno. Y "pensar en uno" es de lo más egoísta, pero en el fondo te das cuenta que el mundo te lo exige porque funciona así. Es una lástima y hasta un poco injusto, pero ni te gastes en preguntar por qué es de esta manera, porque no hay respuestas.
A los que creen que equivocarse está buenísimo, les digo que nadie quiere estar equivocado y nadie quiere perder. No sean conformistas y no se hagan los superados. Cometer errores, para el que sabe capitalizarlos, es una gran experiencia, pero no seamos ingenuos en pensar que eso es lindo porque es una cagada. No creo que digan "¡Qué lindo es equivocarse!" cuando los garcan de arriba de un puente.
Además... arrepentirse es un alivio, posta. Pruébenlo. Para mí, hasta te reivindica como persona. Pensalo así: vos te preocupas por los demás, sos una buena persona, confías en que ellos no van a hacer nada para lastimarte... y te cagan. Entonces, ¿qué haces? ¿lloras? Puede ser, pero no te podes quedar en el llanto; también ayuda que digas "Confié y me defraudaron. No se merecen más mi confianza", y eso es un alivio. Y te sentís grosa porque ya sabes cuál es el camino: no confiar. 
Pero no todo es color de rosa... Si ya te diste cuenta que no confiar, o confiar menos, es la solución, mantenete firme. Porque en la praxis, no todo es tan sencillo. Sobre todo por el engatusamiento que se sufre, que te hace tomar cualquier camino menos el que tenías que tomar. Así que, ¡ojo al piojo!

jueves, 24 de octubre de 2013

Sacarse un moco frente a la computadora

Qué interesante todo lo que pasa en nosotros cuando nos vemos ante la necesidad o deseo de sacarnos un moco, en privado o en público, y no podemos. 
Rodeados de otras personas probablemente lo más lógico, y casi inmediato, es reprimir ese deseo -aunque algunas personas han desarrollado técnicas para ejecutar la extracción con un notable disimulo, y hasta elegancia-. Pero cuando estamos solos... Ahí empiezan las preguntas y las dudas. Creo que uno se da cuenta de cuán moral, o inmoral, puede ser gracias a los mocos. 
La situación se vuelve grandiosa, y hasta podría perder un poco de su asquerosidad, cuando nos encontramos frente a una computadora y el moco nos pide salir. 
Seguimos estando solos, pero de alguna manera la computadora está ahí mirándonos... No conoce lo que tenemos ganas de hacer, pero nosotros creemos que en fondo, lo intuye. 
La computadora es tu moral, tu conciencia. Está ahí y te vigila. Vos te sentís intimidado; te querés sacar un moco en paz y no podés. Porque no te dejan. No te deja la computadora, no te deja Facebook, no te deja la pestaña de la conversación del chat. 
Ni hablar cuando la computadora es una notebook, o alguna de esas modernas "all in one", que vienen con la webcam incorporada. Nuestra mente, a lo largo de la vida, hizo un registro de entidades y escenas -gracias a la industria cinematográfica- que ahora supone detrás de la cámara: la policía, el FBI, el grupo Swat, un violador, un asesino, la central de un canal de televisión que está grabando todo lo que haces, tipo Trueman Show. Por lo general, uno imagina a todas estas personas juntas, reunidas en una oficina donde no pueden faltar, de ninguna manera, computadoras y teléfonos sonando -si suenan varios al mismo tiempo, mejor-.
La realidad es que todo esto es absurdo, pero sucede: conocí una chica, con la que fuimos compañeras de facultad, que tenía tapada la webcam de su notebook con un cartón y cinta scotch porque "se sentía observada". En ese momento me pareció ridículo, pero después me di cuenta que a esta chica le había pasado algo genial. Se encontró con un temor y lo tapó con cartón y cinta; ella solucionó, y hasta se olvidó del problema. A mí me gusta pensar que sigue usando su computadora pensando en todo "lo que hay" del otro lado de la cámara que la está observando, y para sí se dice "Ustedes están de aquel lado, y yo de éste, y en el medio hay un cartón... ¿Se quieren matar, no? No me pueden ver. Puedo hacer lo que quiero y no me pueden ver". Pero la usa con el mismo temor de antes, porque sabe que todos están ahí, esperando a que la cinta se seque y el cartón se caiga, así pueden volver a verla.
Sacarse un moco frente a la computadora es enfrentarte con lo que vos pensás de vos mismo. Si nadie te está viendo, ¿por qué no te sacas un moco? Si te molesta, no podes respirar, ¡sacatelo! No te lo sacas porque en el fondo sabes que es un asco, o porque te acordás que serías un condenado social si otro te viera hacerlo. 
De alguna manera, le echás la culpa a la computadora... porque te conviene. Porque esa "vigilancia" te intimida, vos no te sacás el moco y entonces, ahora, sos un poco menos desagradable; y porque además zafás de hacerte cargo del miedo que le tenés al ojo ajeno y al tuyo propio.  


miércoles, 2 de octubre de 2013

Encuentro I

Hoy me tomé el 53 en Boedo, para volver a Caballito, y me encontré con un compañero de natación. Lo saludé rápido al pasar, a pesar de que el colectivo no estaba completamente lleno, y mi compañero se me quedó mirando. Me di cuenta que no me reconocía...  No tardó en llegar la pregunta: "¿De dónde nos conocemos?". 
Fue un momento realmente bueno. Los dos nos reímos: yo porque creí haberla pifiado como la mejor, aunque estaba muy segura que era él, y él porque suponía lo que después confirmaríamos.
"¿Vos no sos...?", "Soy el hermano", me dijo. "Mellizo", agregó después de unos segundos. Nos volvimos a reír, pero el que más se rió fue el amigo que lo acompañaba que vio todo esto desde afuera. 
Me acuerdo de mi cara y de mi confusión y, todavía, me río. Nunca me había pasado. 
Cuando me bajé del colectivo, ellos se bajaron atrás. Los saludé y empecé a caminar... "Justo estoy hablando con él; te manda un beso". 


miércoles, 25 de septiembre de 2013

El día que te sale un grano

El día que te sale un grano no es un día cualquiera. No es ayer porque ayer el grano no existía, y no es mañana porque mañana el grano va a ser más grande (se puede fantasear con que mañana el grano no esté, pero sería contribuir a una eficaz desilusión).
El grano es un problema, sin dudas, y alrededor de él hay innumerables mitos, tanto sobre su aparición como de su cura. De todos ellos, muchísimos -casi todos- son de dudosa procedencia.
Lo más maravilloso de un grano, para mí, es el carácter dramático que tiene. Causa ternura pensar cómo sus dimensiones, realmente insignificantes en relación a la escala humana, pueden modificar por completo un día, una semana, un estado de ánimo y por lo tanto una forma de ver el mundo. Qué tierno y qué hijo de puta.
Es de lo más sorpresivo: adopta formas, tamaños y colores que uno jamás imaginó. El deseo de eliminarlo es permanente y para esto también recurriremos, tal vez, a técnicas impensadas.
La aparición del grano es siempre fatal. Implica un disgusto y una torpeza inevitable que, generalmente, es el factor principal por el cual el grano lejos de desaparecer, crece más y más.
Desde mi hogar, donde supo nacer este cuaderno borrador, digo que un grano es lo más parecido a abrir los ojos a la mañana, sacar los pies de la cama, vestirse y salir a la calle; por no decir que es lo mismo. (¿Pensaron que iba a decir algo revelador, no? No sean boludos, era obvio que no).
Hablar de rutina, de adversidades cotidianas, de lo mucho que te cuesta levantarte a la mañana, de las pocas ganas que tenes de ir a la facultad o a trabajar, me parece que ya no tiene sentido. Temas sobre los que se escribió y se habló hasta el cansancio desde hace mucho tiempo. Sí me parece atinado decir que es necesario y justo celebrar el control y el dominio del grano en cuestión (lector: usted puede llamar al grano como más le guste; yo lo llamo "Grano" para que usted lo nombre en voz alta o lo dibuje según sus preferencias y su imaginación); y más aún si se logra detener la reproducción del mismo -porque a veces no es uno solo, son muchos, y el grano ya no es un grano sino acné-.
El festejo no se debe a la desaparición de la protuberancia y al hecho de que ahora nos vemos mejor; en parte sí, pero hay algo más feliz e importante: supimos entender el proceso del grano, lo esperamos y después ¡zas! lo desterramos. Nos despedimos de él con alivio, porque sólo nos arruinó un par de fotos y nada más.
No obstante, querido lector, festeje con prudencia porque un grano se va para dar paso al siguiente. La batalla contra los granos está lejos de terminarse -si es que algún día termina-.

Nota mental

El amor puede estar a la vuelta de la esquina... yéndose con otro.